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Lima, 1979

Claudia Ulloa Donoso

Viaje

 

Hace unos días me metí a la panza de mi gato. No fue difícil. Primero tomé una ducha, larga, hasta que mi cuerpo absorbiese la mayor cantidad de agua posible. Una vez que el agua se rebalsaba a través de mis poros, sin secarme ni vestirme, me acosté en el jardín y me quedé varios días allí́ hasta secarme. Luego volví a casa y, ya seca, terminé el proceso al lado de la estufa, para absorber cualquier resto de agua que pudiera quedar dentro de mí, y también para sellar mis poros hasta convertirme en un pedazo de carne seca. Allí tendida tuve que esperar un par de días hasta que mi gato empezará a sentir hambre o deseos de jugar con un pedazo de carne y me empezara a tragar. Así́ fue. Después de algunos días, empezó a darme mordiscos. Empezó por los ojos, que después de las entrañas son la parte más difícil de secar completamente, sólo se logra que queden como un par de pasas, mientras el cuerpo sí se vuelve carne seca, como el bacalao o el charqui, como esas orejas de chancho que vendemos en la veterinaria para que mastiquen los perros. Así. Día tras día me fue tragando. Llegar a las entrañas, blandas y no del todo secas, fue un descanso para sus mandíbulas. Cuando me tragó entera, volví a ser una en su panza. Lo que más había eran pelos. Y cada día caían más y más pelos. Mi gato, como todos los gatos, se limpia el pelaje varias veces al día. Los pelos se me fueron pegando al cuerpo, y ya eran tantos que empecé a parecerme a un Chewbacca encerrado en un estómago de gato. Al fin, no me llegaban más que pelos día tras día, y empecé a preocuparme por la nutrición de mi gato. ¿Quién le serviría la comida? Ya era tiempo de salir. Empecé a trepar por su garganta y llegué exactamente al lugar donde nacen los ronroneos, en la tráquea, entre los pulmones y el corazón. Me estiré hasta tocar el extremo interno de su lengua de púas y así le provoqué arcadas. Me vomitó. Los pelos que tenía pegados al cuerpo me permitieron arrastrarme sin resbalar. A los pocos días fueron cayendo y llegué con dificultad al cuarto de baño. Abrir la llave de la ducha era casi imposible, todavía no había crecido demasiado, así́ que para humectarme y volver a mi tamaño normal me arrojé a la taza del váter y allí́ me quedé varios días, formándome nuevamente como en un vientre materno de loza blanca, con bacterias para reforzar mi sistema inmunológico y cavidades para estirarme. Cuando estaba lo suficientemente grande para no perderme por el desagüe, tiré de la cadena y todos los pelos cayeron y quedé desnuda. Por estos días sigo creciendo. Aún no voy a trabajar porque no tengo el tamaño adecuado, y además todavía me quedan unos días de vacaciones. Sí. Me metí a la panza de mi gato para pasar las vacaciones. Es que últimamente los aeropuertos me dan miedo y de todos modos siempre es más barato y seguro vacacionar en el estómago de un conocido.

Madera

 

De vez en cuando, me llaman para trabajar en el aserradero. El trabajo es bastante simple, aunque siempre se corre el riesgo de perder una mano. Hace varios años trabajé en una carpintería artesanal. Allí aprendí a cortar madera en un corte en línea recta y perfecto. 

El trabajo en el aserradero es muy monótono. Se trata de cortar la madera en listones o trozos simétricos. Para eso, la empujó hacia la sierra deslizándome apenas en un solo movimiento del torso. Apoyó las manos sobre la madera y la empujó estirándome como un gato después de un sueño profundo, desperezándose hacia la cuchilla, firme, sin miedo, despertando. 

Mientras cortaba la madera, pensaba en escribir. Me he dado cuenta de que estar en situaciones de riesgo en un ambiente monótono (un ruido, un movimiento que se repite) crea en mí la desconexión precisa para escribir. Yo pensaba que para escribir necesitaba silencio y soledad, pero de eso he estado rodeada últimamente y al parecer no sirve. No he escrito nada. Solo he tratado de llenar el silencio y la soledad con películas o con los ruidos de los electrodomésticos. Le echaba la culpa de la ausencia de palabras (escritas) a mi trabajo en la veterinaria.  

Había días en que me lamía la cola y maullaba después del almuerzo, abría las alas como un pajarito, apurándome para no perder el bus, o ladraba cuando alguien se me acercaba. 

Pero ayer en el aserradero fueron cayendo palabras como viruta. Escribí mentalmente un cuento, pero cuando llegué a casa estaba muy cansada, me acosté en el sofá y me quedé dormida con el olor a pino impregnado en el cuerpo. 

Olvidé el cuento. 

Soñé que era un pino. Cuando los pinos se ven en medio de una tormenta que intenta quebrarlos, el árbol produce un tipo de madera de calidad distinta de la del resto del tronco. Los vientos huracanados suelen venir del sur, por eso los pinos tienen esa madera indestructible y que los mantiene de pie a sus espaldas. No ponen su pecho de acero en contra del viento, su resistencia es flexible y se esconde a la mirada de la tormenta, su fortaleza calma y discreta desconcierta al viento y aviva su furia. 

Solo saben de su fortaleza aquellos que la poseen, y se reconocen entre ellos cuando se alinean para resistir el viento: van contemplando la fortaleza del que está adelante, mientras el viento se disipa, vencido, entre ellos, como se disiparían los sermones apocalípticos entre un grupo de leones dormidos. 

 

 

Aparato avisador

 

 

Ella decidió que el mejor lugar para esperar el embarque sería un baño. Escogió uno al azar y se encerró. Se sentó sobre la tapa del váter y fingió estar vaciando el cuerpo. De vez en cuando, el inodoro arrojaba descargas automáticas. Se entretuvo escuchando torrentes de aguas y desagües, regueros de orina, la fonética de alguna arcada y trozos de mierda zambulléndose. Todos esos ruidos le resultaban más apacibles que el enjambre sonoro que emitían los pasillos y las salas de espera del aeropuerto. 

 

Del mismo modo que los sonidos de la naturaleza le traían sosiego, los ruidos del cuerpo también distendían su ánimo y le daban una sensación primitiva de seguridad. Más allá de poder reconocer esos ruidos como propios y familiares, sabía que quienquiera que se encontrase evacuando el cuerpo no era otra cosa que un ser vulnerable e inofensivo. 

 

Alguien tocó la puerta con rigor. El miedo ante la invasión hizo que abandonara el baño de inmediato. Cuando Ella se encerraba en el baño de casa, Él también tocaba la puerta con rigor. Sus nudillos se estrellaban contra la chapa y dejaban esquirlas que luego se podían respirar. Apenas Ella destrababa el pestillo, Él tiraba de la puerta dejándole una cachetada de aire que escocía. 

 

Cuando Él entraba, Ella retenía en sus pulmones ese aire doméstico infestado de pelusas y astillas y se acercaba al lavamanos para seguir el ritual. Se concentraba en la espuma del jabón entre sus dedos y fingía estar liberándose de los gérmenes que la orina o mierda imaginaria le habrían dejado en la piel. Abandonaba el cuarto de baño y cuando Él cerraba la puerta, Ella espiraba. Enseguida llegaban los ruidos que salían del cuerpo de Él. 

 

***

 

Ella atravesó los pasillos del aeropuerto obedeciendo a sus glándulas, al olor ácido emanando de sus axilas y al sudor meloso de sus manos. En cada paso, el corazón le golpeaba el pecho desde dentro como un no nacido pateando las entrañas de una mujer preñada. 

 

Tenía sed. El cuerpo se le iba cerrando como un molusco. Sus vísceras cubiertas de membranas perladas y sus órganos del color del coral se aplastaban entre ellos y le quitaban el aire. Las manos le empezaron a temblar. Entró a una cafetería y quiso beber una cerveza, pero era la hora del desayuno. Nuevamente tuvo que fingir. Fingió tener hambre. Ordenó un desayuno inglés. Cuando estuviera listo, pediría una cerveza o quizás dos.

 

Un cajero le tomó la orden y la invitó a esperar en el comedor. Además del recibo, le entregó un artilugio que le avisaría cuando su pedido estuviera listo. En la mesa, notó que el temblor de sus manos se había intensificado. Tomó el pequeño artefacto que había recibido en la caja y empezó a manosearlo para apaciguar la tensión de sus nervios. En medio de ese ejercicio se preguntó cómo se llamaría el aparato. 

 

 

El objeto era un disco de plástico de dos tipos. La base era dura, compacta y de color negro y estaba cubierta por otro plástico más fino y casi trasparente. Ella lo acercó a la altura de sus ojos y distinguió que éste encerraba una serie de perlas de vidrio unidas por filamentos metálicos. El aparato se parecía a las pastillas negras de caucho que se usan en el hockey. Pensó en Él. Una vez Él le había dicho que debería enriquecer su vocabulario y que ese disco se llamaba puck. También le había enseñado a pronunciar esta nueva palabra. Puck as fuck. Él le repetía la retahíla de palabras puck fuck puck fuck mientras movía la cabeza de un lado al otro. 

 

El aparato se iluminó, sonó y vibró al mismo tiempo. Todo ese barullo que viajó desde su tacto a su cerebro la descompuso. A pesar del temblor y el desconcierto, logró atravesar el laberinto de mesas y gente de la cafetería. A pocos metros del mostrador, el aparato dejó de chillar. Con un poco más de calma, Ella recogió su desayuno y no olvidó pedir las cervezas. 

 

Mordisqueó las salchichas y se embutió un par de cucharadas de frijoles antes de recibir los borbotones de cerveza que resbalarían por su esófago. El alcohol se le empozaba en el cuerpo y el temblor de sus manos iba cesando en cada trago. A ratos picoteaba un poco de comida y jugaba con los cubiertos y vasos. Fue en ese traqueteo cuando notó que el aparato había regresado con ella en su bandeja. Otra vez pensó en Él. Colocó el aparato sobre la mesa y le clavó un cuchillo logrando quebrar una parte del plástico transparente que lo cubría. 

 

***

 

Él era inglés London bridge is falling down como las pintas de cerveza que acababa de beber, como el desayuno que dejó a medias en la cafetería, como la caza de ciervo, como el cricket y el rugby y como el idioma que le había enseñado a pronunciar. Puck, fuck, suck, buck, chuck, ruck, luck, my fair lady. Conocía todas estas palabras ajenas que empezaron a sonar en su cabeza como una marcha que marcaba el ritmo de sus pasos hacia la zona de embarque. 

 

Pasó los controles de seguridad y fijó la vista en las pantallas luminosas que mostraban los destinos. Se alegró al reconocer el suyo brillando en amarillo. Mientras acomodaba las cosas que llevaba en su bolso y se ajustaba la chaqueta, un guardia de seguridad la detuvo. Random check

 

El Guardia empuñó un detector de metales y Ella cerró los ojos. Detrás de sus párpados se dibujó el bate plano del cricket mientras el Guardia deslizaba el detector de metales sobre los contornos de su silueta. A la altura de sus rodillas, una alarma sonó. Ella sacó del bolsillo de su chaqueta el aparatito que le habían entregado en el restaurante y se lo mostró al Guardia. What is this? La palma de su mano sostenía un objeto de filamentos metálicos estrujados cubiertos por trozos de plástico quiñados y a punto de desprenderse.  Algunos restos de migas y pelusas envolvían al aparato desactivado.

 

La visión del objeto descompuesto sobre su tacto la aterró tanto como cuando éste chillaba, vibraba y emitía luz. El temblor volvió a sus manos. El Guardia la tomó de un brazo y Ella se dejó. Please follow me. La mayoría de retinas que habían reparado en la escena se humedecían de miedo y reproche, solo unas pocas reflejaron compasión. Durante el trayecto por los pasadizos del aeropuerto, las posturas de ambos cuerpos se adaptaron de tal forma que guardia y detenida parecían una pareja andado del brazo por una alameda. A pesar de que la detención fue delicada, Ella estalló en llanto. 

 

 

***

 

 

En la habitación de seguridad Ella confesó que había bebido alcohol con el estómago vacío, que había destruido el aparatito del restaurante y que no tenía ninguna intención de causar una situación de alerta. Después de los interrogatorios y las disculpas, le llegó la calma conocida del encierro y de la soledad custodiada. Dio un sorbo al té que le habían servido y se quemó la boca. Una ampolla se le iba formando en el cielo del paladar mientras un altavoz que no alcanzó a oír anunciaba la partida de su vuelo y su destino.

 

El Guardia abrió la puerta de la habitación, le entregó el bolso que le había sido retenido y le dijo que todo estaba en orden. Ella deseó que el Guardia la escoltara hacia alguna salida, pero este permaneció quieto. Quiso dar un paso, pero la rigidez de su cuerpo la mantuvo estática y fue entonces cuando Él apareció. 

 

Él la rodeó con sus brazos y la apretó contra su cuerpo. Ella tuvo tiempo de girar la cabeza hacia un lado para evitar ahogarse en su pecho. Solo le quedaron libres la boca, la nariz, los ojos y la oreja izquierda. Sus sentidos procuraban no apartarse del Guardia quien acomodaba algunos papeles y recogía la taza vacía. Esperó durante algunos latidos y de pronto Él hundió la boca sobre la mollera de Ella que parecía tan blanda como la de un bebé. El cuero cabelludo cedió ante labios, lengua y dientes que la besaban y mordían, pronunciando al mismo tiempo alguna frase tirante entre las raíces de su pelo. Don’t cry

 

Las vibraciones de las palabras le atravesaban las cisuras craneales y se transformaban en un eco difuso y torácico que percibía en su oído aprisionado. Don’t try. Don’t cry. Try. Cry. Try. Ella no logró descifrar lo que Él le decía en su idioma. 

 

Sus cuerpos se unían como la cópula de dos caracoles. Cuando el Guardia se aproximó hacia la pareja, Ella logró despegarse ligeramente, estiró el cuello y alcanzó a exhalar dos palabras. Excuse me. El Guardia se detuvo. Él hinchó el pecho hasta pegarse a los bordes del cuerpo de Ella. El esternón del macho llegó a rozar la yugular de la hembra. Bajo esa turbación, Ella solo atinó a preguntar cómo se llamaba el aparato que antes había desmantelado.

 

Pager, dijeron ambos hombres con voz unísona. 

 

Los brazos de la pareja se desenmarañaron. Ella bajó la mirada y observó las cuatro botas negras y brillantes de los hombres, puestas como espejos enfrentados. Le pareció ver su rostro reflejado infinitamente sobre el charol de esos zapatos. 

Pajarito

 

He loves to seat and hear me sing, 

Then, laughing, sports and plays with me; 

Then stretches out my golden wing, 

And mocks my loss of liberty. 

William Blake 

 

Kokorito es un gato de pelo negrísimo, huraño y de siete kilos de peso. Cada cierto tiempo trae en su hocico respingado pájaros en agonía o ya muertos a la casa. Dicen que los gatos traen animales muertos a las casas de sus dueños como una forma de regalo o de trofeo. Quién sabe. Kokorito nunca se come a los pájaros: los tortura, juega con ellos como si jugara con su pelota de lana y al final los deja siempre en mi cama, lugar desde donde últimamente suelo hacer todo, hasta comer. 

 

Kokorito, con sus siete vidas en América y nueve en la Península Escandinava, me regala la muerte, pero yo ya le he visto la cara varias veces y me basta por ahora. 

Sin embargo, a veces creo que mi gato insiste en que debería ver aun más de cerca a la muerte para que no me pese tanto. Él lo sabe, porque, como ya lo dije, tiene por lo menos siete vidas y ya debe de haber perdido algunas cuando pasó veinte días desaparecido en el invierno polar y un día regresó, abrió la ventana con su pata derecha, como acostumbra hacerlo, bebió un poco de agua y durmió casi por dos días en mi cama; luego se levantó, maulló y empezó una nueva vida. 

 

Intuyo también que Kokorito intenta darme un regalo único y extraordinario, pretendiendo que contemple las agonías de esos animales tan pequeños y frágiles y que todo sea un gerundio de latidos, respiraciones, movimientos que se vuelven de pronto pretéritos indefinidos para siempre. Quizá se empeña en que entienda y aprecie (en todo el sentido de la palabra) que ese preciso segundo en que la vida desaparece es único en todo ser vivo y no puede repetirse más. 

 

Cuando encuentro a estos animalitos muertos, que generalmente son pájaros, lo que suelo hacer es buscar un kleenex o una servilleta de papel, y escojo cuidadosamente el color, como si les escogiera la mortaja, para luego enterrarlos o esconderlos entre las hojas secas y los abedules. Cuando están en agonía, los envuelvo en papel de cocina ligeramente húmedo y les dejo la cabeza al descubierto para que respiren. Los caliento entre mis manos, les limpio la sangre, les acaricio la cabeza y trato de abrirles el pico. 

La línea 2 que parte desde Øvre Hunstadmoen es la única que me lleva al centro de Bodø y pasa exactamente cada veintisiete minutos a partir de las seis de la mañana. Siempre me sucede que llego muy temprano a las citas, o de lo contrario, si pierdo el autobús, siempre llegaría tarde. 

 

Hoy, saliendo hacia el paradero de Øvre Hunstadmoen con los minutos justos para llegar al centro, puntualmente, veo un pajarito moribundo escondido en un rincón del pasillo, cerca del lugar donde dejo mis bolsos y chaquetas cuando llego a casa. No puedo dejarlo allí muriendo e irme, tampoco puedo perder el bus. Voy a la cocina, humedezco con agua tibia el papel toalla, lo recojo y me lo guardo en el bolsillo derecho del abrigo. Salgo de casa corriendo. 

 

Al abordar el bus, el chófer observa que solo uso la mano izquierda con mucha dificultad para abrir mi bolso, sacar mi monedero y pagar el pasaje. Observa mi torpeza para maniobrar con una sola mano y repara en que mantengo la otra en el bolsillo del abrigo. Sabrá ahora que algo me traigo entre manos, escondido en el bolsillo derecho: una navaja, un teléfono, mi puño congelado o quién sabe; quizá sepa que llevo un pajarito agonizando o ya muerto. 

 

Los noruegos suelen quitarse el abrigo inmediatamente después de ingresar a un lugar cerrado pues todos tienen calefacción. Si es un lugar familiar, además del abrigo también se quitan los zapatos. Hay perchas empachadas de abrigos y chaquetas como hombres inmensos, con guantes y gorros; otras están fijas en la pared en una línea, una la de hombres y mujeres colgados, desollados, muertos como las reses aún enteras y despellejadas del matadero. 

 

En una entrevista de trabajo para obtener el puesto de asesora de proyectos del Departamento de Cultura, es mala señal no quitarse el abrigo al entrar a la oficina y saludar al entrevistador, pues eso demuestra que no eres una persona abierta, que llevas una coraza y que por debajo de ella habrá varias capas que el entrevistador no podrá ver, pero quizás sí podrá imaginar. Si no te quitas el abrigo, el entrevistador imaginaría todas las capas de tu personalidad hasta llegar al color del sostén que llevas puesto y no necesariamente imaginará las cualidades y el sostén adecuado para obtener el cargo. Con esa coraza te presentas como un armadillo, una tortuga o un puerco espín que no se comunica, que esconde la cabeza y muestra las púas, que va lento y todo esto no sirve para este caso; pero yo le sonrío, eso ayuda según los consejos para lograr una buena impresión en una entrevista de trabajo. Sonrío, pero sin exagerar, o parecería nerviosa. Mi dentadura es blanca y mi sonrisa ganó una vez un concurso que organizó mi dentista. Me premiaron con veinte tubos de pasta dental y tabletas de flúor. 

 

El entrevistador me sonríe también y ahora soy consciente de que tengo que usar otras partes de mi cuerpo para darle una buena impresión, pero sigo con la mano derecha metida en el bolsillo del abrigo y ha llegado el momento de estrecharnos las manos. Aquí puedo hacer dos cosas: si le estrechase la mano al entrevistador con la izquierda, y sin sacar la derecha del abrigo, pensaría que soy extraña y que escondo algo. Puede también que anote que soy arrogante pues espero que el otro use la mano izquierda para devolver el saludo, y el estrecharse las manos es un gesto universal que se hace con la mano derecha. Lo otro que podría hacer sería sacar la mano derecha del bolsillo con mucho cuidado y ofrecerle mi mano tibia y húmeda, con gérmenes de un pájaro que quizá ya esté muerto, arriesgándome a dejar en su mano restos muy finos, pero visibles, de plumas amarillas, y eso no sé cómo podría ser anotado en mi perfil como aspirante al puesto. Al final, decido darle la mano derecha con un firme apretón y eso parece darme un punto a favor, aunque le haya dejado la mano húmeda, con bacterias y babas de mi gato, con pelusas de papel de cocina, pelillos y quizá sangre de pájaro. 

 

El entrevistador habla mientras fija la vista en mi currículum, que está deshojado sobre el escritorio. Quizá no le importe que lleve puesto el abrigo porque tiene un tic, o no sé, pero abre bien los ojos y levanta las cejas mientras me habla y seguramente puede verme en capas y saber con certeza el color de mi sostén. Para que no me dé la mirada que me dio el chófer en la mañana por esconder solo una mano en el bolsillo, escondo las dos. Va a pensar que soy tímida y que estoy asustada, pero sus gestos no cambian, sigue hablando y abriendo los ojos y levantando las cejas como si estuviera observándolo todo con sorpresa y, a la vez, con indiferencia. 

 

—Hoy hace mucho frío —le digo. 

Es verdad. Mi comentario es sincero y no es desatinado, pues lo suelto cuando hacemos una pausa y él me ofrece un café. 

 

Cuando vuelve con el café, espero que él dé el primer sorbo. Hace ruido al tragar y luego toma aire. Intuyo que se ha quemado el velo del paladar porque ya no abre tanto los ojos. 

—Veo que es usted una persona cualificada y parece estar lista para asumir la responsabilidad de este puesto. Confío en que estando en el cargo manejaría los proyectos con cuidado y de una manera distinta. Buscamos una persona que sea cautelosa y consciente de que el presupuesto asignado para los proyectos culturales ha sido reducido este año. 

Con esto que me acaba de decir asumo que el puesto es mío. Me emociono y aprieto los puños dentro de los bolsillos. Luego usó la mano derecha para tomar el café y seguir el ritual de un-sorbo-tú-un-sorbo-yo. 

 

Mi mano se calienta al contacto con la taza y vuelve así a la incubadora de pájaros, y es entonces cuando siento que algo se mueve: el pájaro ha revivido y probablemente quiera salir volando en el preciso instante en que el resultado de la entrevista se muestra muy a mi favor. 

—Solo me queda una pregunta —dice el funcionario—, ¿por qué cree usted que deberíamos contratarla? 

—Porque soy buena para cargar otras vidas conmigo. 

—¿Qué quiere decir?

—Bueno, en lo cultural, fíjese: si se me encomendara organizar la Semana Filarmónica, tendría que cargar con los clásicos que están muertos, pero a la vez están vivos. Chopin, por ejemplo, está vivo y usted lo sabe, luego llega alguien como Argerich y Chopin que estaba muerto revive y vuela por el auditorio. Además, para trabajar con estos proyectos hay que cargar con las vidas de cada uno de los integrantes de la orquesta, los coros, los dirigentes… Todos tienen una vida que cargan además de sus instrumentos. 

—Entiendo. Y, ¿me podría explicar cómo fue que cargó vidas en el plano laboral durante su último trabajo? 

 

Y lo que sucede ahora es que ya no puedo explicarle más cosas porque siento en el tacto unos aleteos firmes que casi me abren la mano. Así que sacó al pajarito de mi bolsillo, lo desenvuelvo del papel y lo pongo sobre mi currículum esparcido en el escritorio. El pajarillo está herido. El papel en el que estuvo envuelto tiene una mancha de sanguaza, pero está vivo. 

 

Camina sobre mi currículum, sobre los idiomas que domino, de pronto se caga en mi experiencia laboral y me va reconociendo. Se posa sobre mis datos personales y se queda quieto. Lo cojo con cuidado y revisó sus alas, las extiendo una por una; son muy frágiles, pero están intactas. 

 

—Es un kjøtmeis de pecho amarillo. ¿Ve? Lo saqué de la casa moribundo justo antes de venir aquí y he pasado la entrevista pensando en este puesto tan importante en mi vida laboral, en los clásicos muertos que tendré que cargar, en los vivos a quienes tendré que acoger y organizar, pero también he pensado en la vida del pajarillo. Con esto quiero decirle que otra de mis cualidades para el puesto es mantener la calma y saber trabajar bajo presión. 

 

El pajarillo se reconoce vivo. Da saltos sobre el escritorio y vuela. Vuela por las oficinas de la administración comunal, se estrella contra las pantallas de las computadoras, se caga en los presupuestos que salen de la impresora, se posa en lo alto de los archivadores y parece que divisa a todo el Departamento de Administración Comunal con la postura altiva que solo tendría un sobreviviente de colores. Espera unos segundos y vuelve a alzar vuelo. Todos los burócratas lo miran desde sus cubículos, girando sus sillas ergonómicas, pero nadie se pone de pie. La mayoría de ellos se quedan quietos y siguen el vuelo del pájaro admirados y con una ligera sonrisa, pero también hay varios fastidiados que vuelven los ojos a las pantallas de las computadoras y se protegen la cabeza y la cara con hojas de papel bond A4. 

 

El entrevistador y yo entendemos que es el momento de abrir las ventanas de par en par. 

 

El pajarillo siente el aire helado de febrero que entra en las oficinas y así encuentra el camino a la libertad. Desde la fotocopiadora, levanta vuelo y sale como una ráfaga por una de las ventanas. El local se ha enfriado, todo vuelve a seguir como antes y yo también vuelvo a la oficina, a terminar el café y a cerrar la entrevista. 

El entrevistador se despide, esta vez sin estrecharme la mano. Esto no debería significar nada, pues es típico de los noruegos evitar el contacto físico al saludarse o despedirse. Vuelve a su gesto de abrir los ojos y levantar las cejas. Dice que me llamará y yo le creo. Le sonrío. 

 

Mientras camino de vuelta a casa, veo muchos pájaros de distintos tipos, pero busco a aquel que me acompañó en la entrevista. Le quisiera dar las gracias. A veces conviene andar llevando animales moribundos consigo, mantener las manos en los bolsillos y nunca quitarse el abrigo. 

 

  1.  O Parus major, pájaro carbonero mayor, de la familia de los paros o Paridae. Suelen tener unos 15 centímetros y un peso que varía entre los 14 y 20 gr. Es la especie de ave más común en Noruega.

Hielo para marcianos

 

 

Mi hermana acercó su dedo anular a la cámara web y nos mostró un anillo de compromiso.  Mi madre gritó y besó la pantalla de la computadora dejando una mancha de grasa justo sobre la imagen ligeramente pixelada del rostro de mi hermana. Después de todo ese alboroto, apareció en la escena un chico altísimo y rubio quien nos saludó con una sonrisa diciendo: “Hola, soy Lars bonita peruana buena familie”.  Mi hermana anunció que llegaría a finales de mes para presentar a su futuro esposo.  Ambas mujeres no dejaban cacarear.  Yo las veía en la pantalla de la computadora como una foto pasada conversando con una foto reciente de una misma persona.

 

Apenas terminó la video llamada, mi madre empezó a hacer planes y a dar órdenes. Se convirtió, de pronto, en la organizadora de un evento. Nos encomendó varias tareas tanto a papá como a mí. Además de lavar el carro y cambiar los focos ahorradores por halógenos, a mí me mandó a que haga un trabajo en Photoshop. Me dijo que buscara una foto de mi hermana y su novio, que le pusiera como fondo la bandera de Noruega (el país de Lars) y que la imprimiera en papel brillante. 

 

El primer paso de su plan fue limpiar la casa. Empezó lavando las paredes, después pulió el piso con viruta de acero, cambió de sitio los muebles y mandó a arreglar el jardín.  En los días previos a la llegada de mi hermana, mi madre pasaba horas en Internet buscando trucos de limpieza para aplicarlos en cada

 detalle de la casa: las manijas de todas las puertas, los tomacorrientes e interruptores, las llaves de todos los caños y hasta le quedó fuerza para pulir la vieja tetera de cobre que siempre estuvo tiznada y llena de grasa

–  La limpié con ácido muriático, mira.

 Yo ya estaba bastante harto de ayudarla a limpiar y me estorbaba cuando entraba a mi cuarto a usar mi computadora. Una tarde, mientras buscaba en YouTube un truco para quitar el olor a moho de las toallas de baño, intenté distraerla con un video de Noruega. Su curiosidad la motivó a informarse sobre el idioma y sobre algunos otros datos de este país. En un principio esto fue bueno porque la distrajo de sus faenas de limpieza por unos días, pero después toda esta información sobre ese país nórdico le creó un complejo de inferioridad.  De pronto, todo le parecía feo, deficiente o vulgar:  nuestro país, el vecindario, nuestra familia y hasta ella misma. 

 

— Mira, en Noruega hay micros que no usan gasolina sino un combustible hecho de basura reciclada. Acá con tanta basura y cochinada, cuánta gasolina podríamos producir, pero como siempre no progresamos.

 

Mi madre se llegó a instalar en mi escritorio y no se movía de mi cuarto. Se había apropiado de mi computadora y pasaba horas frente a la pantalla buscando información sobre Noruega. Miraba fotos de alces, de auroras boreales y de fiordos; de pescadores sosteniendo salmones enormes y de hombres vestidos como vikingos.  Al principio, esos días me resultaron insoportables y aburridos, pero luego, acabé entreteniéndome con sus comentarios y disfruté observando sus gestos y reacciones durante todas esas horas en las que pasó abriendo y cerrando páginas web.

– ¡Mira! ¡Yo quería abrir este video de la nieve y me salen tus fotos de calatas, ve! Yo no he abierto nada, por si acaso. 

 

Su ingenuidad de niña me despertaba cierta ternura. Le expliqué que esas fotos no eran mías y que eran anuncios para llamar la atención de los visitantes. Le dije también que esos anuncios eran publicidad engañosa y que no debía abrirlos.

– ¿O sea que no he salido sorteada para ganar un celular? 

– No, madre. Son anuncios para engancharte en algo, algunos roban tu dirección de correo electrónico para así enviarte más publicidad engañosa. 

Mi madre se había dado cuenta de que no solo te podían robar en la calle sino también estando en el cuarto de tu hijo. Se dio cuenta, además, de que vivíamos en un país en donde los micros eran inmundos y contaminaban, de que nuestra basura era inútil y apestosa, de que nuestra sociedad era machista y corrupta, de que nuestro cielo era gris y de que la ciudad olía a pescado y a moho. Observó que el cerro San Cristóbal no era una montaña nórdica llena de pinos y abedules  sino un morro de suciedad y tierra seca donde se habían incrustado casas de colores, y eso era lo que ella había observado por años desde la ventana de la sala. 

 

Al parecer, este choque con la realidad le afectó. Pasó unos días silenciosa y sin hacer mucho. Dejó la computadora y volvió a ver los programas del mediodía como acostumbraba, pero ya no sonreía tanto frente al televisor. Intenté distraerla, otra vez, con la computadora. Le sugerí que mirara los videos y las páginas web de PromPerú, para que así tuviera algo que contarle a Lars sobre nuestro país; así que  dejó de ver fiordos y vikingos y se quedó embelesada con videos que mostraban tomas aéreas de Machu Picchu y cruceros sobre el lago Titicaca. Se alegró al enterarse de que la flor de Amancaes no se había extinguido y seguía floreciendo en esas pampas no muy lejanas de nuestra casa, esas que ella había imaginado saturadas de tugurios, gentuza y basurales.  

 

Su estado de ánimo cambió y hasta se le veía más guapa. Se mostraba contenta y entusiasmada, ya no era solo por el regreso de mi hermana comprometida, sino que ese orgullo nacional se le había inyectado en el cuerpo y le hacía segregar endorfinas cada vez que hablaba sobre algún atractivo turístico de nuestro país, a los que empezó a calificarlos como grandiosos, inigualables, imponentes, nobles o milenarios.  Los ojos le brillaban cuando me contaba sobre nuestro inigualable ceviche o la nobleza de nuestro héroe Miguel Grau.  Pasó varios días frente a la computadora mirando videos sobre la flora y fauna del país y leía una cantidad de páginas web acerca de temas científicos e históricos.  

 

Hacía mucho tiempo desde que mi madre no se mostraba tan contenta. Papá y yo estábamos asombrados de ver ese cambio. Hace algunos años, mi madre se enfermó de algo que por entonces no sabíamos qué era. Tenía dolores de cabeza,  su apetito variaba desde las tazas de té y tostadas que la sostenían por días, hasta las porciones enormes de pollo a la brasa que mi papá le traía para contentarla. Dormía poco y era solo a mí a quien despertaba para que la acompañara a la cocina a preparase algo mientras me contaba todo lo que se le pasaba por la cabeza.  

 

Quizás mi madre solo necesitaba algo nuevo que la entusiasmara, pensar en cosas en las que no solía pensar por culpa de la rutina, leer e investigar sobre esos temas que nunca serían tratados en sus programas de mediodía. A lo mejor eso hubiera evitado ese episodio de confusión que tuvo cuando desapareció por días y regresó sucia, con cortes en el cuerpo y agotada, contándonos que Dios le había dicho que vuelva porque el amor de su familia eran su remedio y salvación.  

 

***

 

Lo del cóndor, nos lo dijo  en un desayuno de domingo. A mi papá y a mí nos despertó el olor del café recién hecho, algo que era inusual en nuestra casa de café instantáneo. Había vuelto de misa con chicharrones, camote frito y tamales. 

 

–  No va a ser tan difícil porque no es un cóndor adulto. Además están enjaulados, casi no vuelan. Están acostumbrados a la gente –– dijo mi madre

 

Papá no dijo nada.  Estaba concentrado en dar mordiscos a un pan francés relleno de chicharrón y camote frito. Cuando mi madre terminó su cháchara, él tomó un sorbo de café y empezó a picotear los restos de carne con cebolla que habían quedado en su plato.

 

– Entonces, ¿Me van a ayudar o no?— preguntó mi madre.

Su tono de voz era nasal e intenso. Papá dejó de lado su taza y puso sus ojos en mí.  Me llené la boca de tamal mientras la mirada de mi madre me ajustaba la garganta y me impedía tragar. 

 

—Mira, mi reina, eso está un poco difícil y arriesgado.—dijo papá y se sirvió otra taza de café.

 

Mi madre se levantó de la mesa y empezó a recoger los platos sucios del desayuno. Desde el comedor escuchábamos los ruidos que venían de la cocina; el barullo del agua que no dejaba de correr, el repiqueteo de la loza estrellándose en el metal del lavadero y los golpes de las puertas de alacena. Ambos nos quedamos quietos y de pie, como dos guardianes alrededor de la mesa. Mi madre volvió al comedor con un cuchillo en la mano y dijo entre lloriqueos: 

 

– Ustedes no me ayudan en nada. Yo los atiendo bien, hago todo para contentarlos, para que todos vean que somos una familia unida. Siempre soy yo la del entusiasmo, la que organiza, la que se preocupa. Gasto todas mis energías y ahora que les pido que me ayuden para que tu hermana quede bien, para que el novio de nuestra hija vea que le damos un recibimiento especial, se quedan mudos, como siempre. Toda la vida ustedes con esa insoportable parsimonia.

 

Papá fijó su mirada en algún punto de la mesa. Yo avancé hacia una de las ventanas del comedor y las abrí. El aire de la calle olía a lo mismo que habíamos desayunado, a lo mismo que desayunaba toda la ciudad cada domingo. 

 

—Bueno, madre, si tú sabes cómo vas a conseguir todas esas cosas, si tu vas a llamar y hablar y si es así que nosotros nada más tenemos que acompañarte, bueno, vamos.

—Sí, déjenme a mí. Nos llevaremos el cóndor más chico. No son más grandes que un pavo navideño.

 

Mi madre dejó el cuchillo en la mesa y volvió a la cocina. Papá no dijo nada. Esa noche, papá entró a mi cuarto ya cuando mi madre se había dormido. Me despertó con un empujón y susurró enojado:

 

—Siempre hacemos lo que a ella se le ocurre. Tú, que eres su hijo, le pudiste haber dicho que no y no le iba a chocar tanto como si se lo hubiese dicho yo.  Ahora, pues, si nos agarran los guardias o si se muere el pájaro ¿Qué hacemos?

 

***

Nos vestimos como ella nos lo había indicado. Papá llevaba un pantalón oscuro y una camisa blanca; yo, un uniforme azul de enfermero y ella vestía una falda azul marino y una blusa de color hueso. Papá cargaba la jaula de para transportar animales, yo el cooler con hielo seco y ella, un bolso de cuero y, en el brazo, sostenía un cartapacio donde había guardado fotos de aves y algunos papeles que parecían facturas y cartas comerciales.

 

Llegamos al zoológico un poco antes de la hora de cerrar. Ella se dirigió a la boletería y luego de hablar con la encargada, nos hizo una seña para que entrásemos. Al llegar a las oficinas de la administración, nos pidió que la esperásemos allí afuera.

 

Después de unos minutos salió acompañada por el jefe de los guardianes del zoológico, un hombre de mediana edad que nos saludó con una sonrisa y nos guió a través del parque.  Papá y yo caminábamos detrás de ellos.  Mientras avanzábamos ambos pudimos reconocer, quizá al mismo tiempo, que mi madre era una mujer atractiva por delante y por detrás.  Tenía una cintura bastante pequeña y unas caderas torneadas que las ocultaba bajo esas batas anchas que usaba en casa. 

 

El hombre llamó por radio al encargado de alimentar a las aves, que resultó ser un muchacho más joven que yo. Llegó con una vara de madera, nos saludó con amabilidad y nos dejó entrar al lugar de los cóndores.  Papá se quedó muy cerca de la entrada, mientras mi madre y yo paseamos con el muchacho por ese parque en miniatura que tenía una laguna artificial casi sin agua y un bloque de cemento y roca que simulaba una montaña con grutas.

 

– La hembra no se adapta. Está ahí, metidita en su cueva y solo sale a veces a comer y vuela un poco. El macho ya se acostumbró. Vuela, obedece órdenes y es el que más entretiene a los visitantes.

 

La hembra estaba, en efecto, escondida en esa cueva de cemento, mientras que el macho, estaba posado en una barra de metal que atravesaba la jaula, quieto, observándonos desde lo alto.   

 

Mi madre nos había venido repitiendo hasta el cansancio todo lo que teníamos que hacer ese día, paso a paso.  Dirigió casi toda la operación solo con la mirada. Su semblante se parecía a la fotografía de su DNI, solo movió algunos músculos de su rostro para pronunciar unas pocas palabras. 

 

Entré a la cueva de la hembra que no se inmutó cuando me vio invadir su guarida. Abrí el cooler lleno de hielo seco y lo dejé muy cerca del ave. Mi madre sacó la frazada de lana con estampados de tigres y la usó para tapar la entrada de la cueva, sosteniéndola desde afuera como una cortina. El ave dio unos pasos, aleteó ligeramente y levantó el cuello, lo único que brillaba en esa penumbra eran sus dos ojos negros.  

 

El gas del hielo seco empezó a adormecerla. Se sentó como se sentaría una gallina a empollar sus huevos. Mientras la observaba entre ese humo blanco la imaginaba volando libre en los Andes, mirando el mundo desde las nubes, sin saber todavía cómo era una jaula de zoológico e ignorando que existían los humanos.       

 

Antes de caer , el ave abrió ligeramente las alas.  Jalé la frazada y la luz entró otra vez a la cueva.  Mi madre me alcanzó un antifaz. Tomé al ave con delicadeza y sentí su plumaje satinado. Acomodé sus alas y me aseguré de que el cogote no se le doblara. Le puse el antifaz, la envolví en la manta y salí de la cueva sosteniéndola en mis brazos. Mi madre se había puesto un estetoscopio al cuello. Se acercó al ave e hizo el ademán de estar escuchando su corazón. ¿Dónde tendría el corazón este cóndor encerrado en una jaula?. Me entregó el estetoscopio y yo también intenté escuchar su corazón y solo oí ese sonido de mi niñez cuando pegaba mi oreja a la mesa del comedor y dejaba rebotar una pelotita de goma.

 

Papá se acercó corriendo con la jaula. Corrió como un sirviente que le lleva los encargos al amo.  Pude ver de cerca a mi padre mientras metíamos al ave a la jaula. Me parecía mucho a él y temí que se dieran cuenta de que éramos una familia y no un equipo de veterinarios,  sin embargo, lo que me causó el sudor frío y el temblor en las manos fue el pensar que quizás algún día yo también correría como un sirviente, vigilado por una mujer y sosteniendo mi propia jaula.  Papá y yo nos fuimos por delante al auto. Mamá se quedó conversando un rato más con el jefe del zoológico. Sacó del cartapacio unos papeles que el hombre del zoológico firmó. Se dieron la mano al despedirse y, al mismo tiempo, un beso. 

 

Partimos a casa. El ave viajó a mi lado en el asiento de atrás del auto. El cooler seguía emanando el dióxido de carbono del hielo seco que mantuvo al ave adormecida todo el trayecto.  Mi madre, en el asiento de adelante, hablaba de todo lo que tendríamos que hacer con el ave y la preparación del almuerzo de bienvenida para mi hermana  y su novio. Papá no decía nada. Ambos estábamos tan adormecidos y hartos como el ave enjaulada. 

 

Estando en casa, atamos al cóndor de una pata con una cinta roja y blanca. La mantuvimos todo el tiempo en la sala. El ave se mostraba más despierta y llegó a ponerse en pie. Le dimos unos trozos de carne que comió luego de resignarse a estar atada a un mueble y a solo poder dar unos cuantos saltos sobre un piso de parquet recién encerrado. Cuando el ave abría las alas llevábamos más hielo seco a la sala para que se calmara. Mi madre me encargó vigilar al ave durante toda la noche, darle de comer y beber de vez en cuando y preocuparme de limpiar en caso se cagara en el piso.

 

Cuando todo estaba oscuro y ya casi no se oía ningún ruido en el barrio, el cóndor dio un salto y el largo de la cinta a la que estaba atada le alcanzó para posarse sobre un sillón. Incrustó sus garras en el gobelino del asiento y se acurrucó. Yo la observaba desde el sofá ubicado al otro lado de la sala. Tuve ganas de liberarla. Pasaron una horas y decidí acercarme a ella.  No le molestó mi presencia y dejó que pasara mi dedo meñique por sus plumas negrísimas satinadas. La imaginé perdida en esta ciudad, posada en algún edificio del centro, confundiéndose entre gallinazos y palomas, extraña, añorando las cumbres de los Andes a las que ya no podía volver.  No la quise dejar ir, no quise dejar que comiera en los basurales del río o que se empachara de muertos. 

 

***

 

Papá ya había salido al aeropuerto para recoger a mi hermana y a su novio. Mi madre estaba terminando la decoración de la mesa del comedor con mantas de Huancayo, cerámicas de Chulucanas, quenas y las ollas de barro que pronto llenaría con la comida que ya tenía lista en la cocina. Al llegar el mediodía, el cóndor empezó a despertarse. El hielo seco que mi madre había repartido en varios rincones de la sala se estaba desvaneciendo por completo. Para conseguir hielo seco, había que ir a la zona industrial que quedaba lejísimos de casa y eso resultaba casi imposible.

 

Mi madre acudió de inmediato a la computadora a buscar en Internet si había alguna manera de atontar al ave para que no agreda a la visita que ya estaba por llegar. Se le ocurrió que quizás podría empapar un trozo de carne cruda con unas cuantas unas gotas de su Rivotril, pero no encontró información sobre cómo actuaba este medicamento en las aves. El cóndor cada vez se ponía más inquieto y temíamos que la cinta roja y blanca que lo retenía, aunque era bastante gruesa, pudiera romperse y el ave echaría abajo todos los preparativos de la bienvenida.

 

Se nos ocurrió que quizás podría encontrar hielo seco en el mercado; comprárselo a las señoras que vendían marcianos de fruta o, con suerte, a los heladeros en carretillas que pudieran aparecer en el camino. Mi madre salió corriendo y yo me encargué de entretener al ave. Me acordé del cuidador del zoológico, traje una escoba y coloqué un extremo sobre la mesa de centro y el otro sobre el sofá. El cóndor abrió las alas y se posó en el palo. Estuvo un buen rato dando saltos y volando muy bajo por la sala, iba y venía y al final se posaba en el palo. Le empecé a dar trocitos de carne como recompensa cada vez que llegaba al palo y con este juego la mantuve controlada.

 

Mi madre llegó en un mototaxi con una bolsa de rafia repleta de hielo seco. Esparcimos los trozos de hielo por la sala y todo volvió a llenarse de humo blanco. En ese momento llegó papá. Al escuchar su auto, el cóndor ya estaba un poco atontado, se bajo del palo y se arrinconó al lado del sofá. 

 

Mi hermana y su novio entraron por el comedor y papá puso un CD. Empezó a sonar como música de fondo huaynos y valses criollos en versión instrumental.

Lars se presentó solo. Era un chico bastante simpático y extrovertido que se esforzaba por hablar castellano con la familia. Le sorprendió que en la sala hubiese tanto humo blanco y preguntó si eso era la famosa neblina limeña. Mi madre me hizo un guiño así que fui a sacar al cóndor de su escondite. El ave, aún no del todo adormecida, dio un salto y se posó sobre la mesa de centro.    

 

— Podría ser la niebla de Lima, pero es lo que mantiene tranquilita a nuestra ave milenaria del Perú, es el gas que sale del hielo para marcianos. 

 

El ave se quedó quieta en la sala y nos dejó disfrutar del almuerzo como turistas que recién prueban un manjar exótico. Eso nos dio a todos una especie de rara felicidad, como si no fuéramos nosotros mismos sino un grupo de desconocidos disfrutando de un tour, almorzando juntos en el mejor restaurante turístico del pueblo en el último día de ese viaje del que no queríamos volver.

Pasatiempos de escritor

 

 

He decidido dejar de escribir. Desde que mis libros están en todas las librerías del país vivo solo y me emborracho; mi comida sale siempre de una lata y fumo más que nunca. Algunos creen que este tipo de vida que llevo me hace bohemio, más atractivo y hasta me ayuda a vender más libros, pero la verdad es que soy solo un miserable. Quiero volver a mis aficiones de antes, las que dejé de lado por la escritura; coleccionar tornillos, por ejemplo. 

Hasta ahora tengo más de trescientos tornillos de diferentes materiales —algunos hasta de plástico—, agrupa- dos y clasificados por fecha y lugar donde los encontré. No son simples tornillos comprados en ferreterías, no. Estos son especiales, casi como las personas; al menos así los considero yo. El hecho de encontrarlos en la calle, solos y aislados, me hace pensar que escaparon de sus destinos de estar fijos en un solo lugar: ser uno más soportando una carga eterna. A veces se oxidan, pero al final eso es mejor que estar inmóvil para siempre en la prótesis de cadera de algún impedido físico o en los dientes falsos de alguna vieja avara que se queja de las palomas que anidan en su balcón. Porque de ese tipo de tornillos también tengo; los he encontrado en las calles próximas a los hospitales y están en el grupo de los que más valoro. 

El tornillo que más aprecio fue uno que encontré en un funeral. Cuando el ataúd descendía a la profundidad de la fosa, de pronto, la puerta mal atornillada se salió de su sitio dejando ver la cara del muerto; pero lo sucedido no fue motivo suficiente para impedir que las veloces palas de los enterradores sepultaran el cadáver ante la indiferencia de todos los presentes. Nadie dijo nada; todos de luto e inmóviles contemplaban con los ojos bien abiertos y sin lágrimas la tierra seca que caía directamente sobre la cara del difunto, como la cocoa cernida sobre la mantequilla para una torta de chocolate, poco a poco, hasta cubrirlo to- talmente. Sabía bien que en algún lugar estaría el tornillo zafado esperando por mí y, sí, lo encontré: un tornillo de plata con las iniciales de la funeraria que, coincidentemente, son también las mías. 

He caminado más de cuatro horas y no he encontrado ningún tornillo. Llego a casa y me encuentro con la consecuencia de mi carrera literaria: soledad y desorden. El gato se ha quedado dormido sobre el lomo cálido del televisor que nunca apago. Hay un olor a rancio en el ambiente. La lucecita del contestador parpadea en rojo. Tengo dos mensajes: el primero, un resoplido, un ruido que denota fastidio y ninguna palabra: un mensaje de ella. En el otro mensaje me puedo escuchar a mí mismo diciendo «comprar champú anticaspa y comida para el gato». Antes me resultaba extraño escuchar mi propia voz, ahora es algo de todos los días. 

 

También hoy he recibido una carta de ella. Parece que la ha escrito con rabia, lo noto en la presión de su escritura sobre el papel; casi la podría leer con el tacto. Me dice que deje de escribirle, sin embargo yo nunca le he escrito ninguna carta; más bien lo que hago es mandarle desde hace algún tiempo recortes de mis artículos, entrevistas que me han hecho, contratapas de mis libros firmadas y sin ninguna dedicatoria especial. Procuro enviarle todo lo que tenga mi nombre o una foto mía, así se le hará difícil olvidarme. 

Me pregunto qué es lo que le puede molestar de todo esto. Quizás sea el olor a tabaco que se impregna en todo lo que toco. Seguramente este olor ha invadido su casa dejando una ligera niebla que le molesta en los ojos cuando se pone a bordar, que le ocasiona arcadas a la doméstica y que también hace que su gordo marido sude y se ponga colorado. Entonces ella tendría que mirarlo fijamente, como muestra de preocupación, y lo besaría en la calva grasienta, a pesar de que, muy dentro, lo que verdaderamente siente es asco y soledad; una sensación parecida a la que tengo yo ahora leyendo sus líneas. A lo mejor le molesta mi firma, mi nombre escrito de manera caótica e ilegible, puede que le recuerde a mí. Pero, bueno, seguramente ya no la molestaré más, ahora que ya no voy a ser escritor. Pronto me quedaré sin más cosas que enviarle. 

Enciendo un cigarro; la imagen de ella se desvanece junto con la primera bocanada de humo agrio y tibio: una serpiente blanca que avanza desde mi garganta para anidar en mis pulmones. El gato me mira con sus ojos verdes brillando de rabia, porque los chasquidos de mi encendedor, que nunca da fuego a la primera, lo han despertado. Se despereza, tiene los pelos electrizados; sobre el televisor parece un gato falso de pelo sintético. Se relame las patas y luego vuelve a sus sueños, donde seguramente es un felino inmenso que caza elefantes. 

Ayer en un bar probé un licor que se llamaba Partner; me gustó mucho. Me pedí entonces diez copas, que fueron suficientes para llenar una botella vacía de gaseosa Concordia de medio litro que aún conservaba en mi gabardina. Hoy busqué el licor por todo el supermercado y en algunas tiendas, pero no lo encontré. Sorbo del pico de la botellita y el sabor del licor no ha cambiado a pesar del plástico y de quizás, también, algún resto de gaseosa. 

Ayer también pasé por una librería recién inaugurada que se llama Neón. Su nombre se debe a que todos los estantes están iluminados con este tipo de luz. No me gusta mucho el neón para una librería, ya que lo relaciono con restaurantes de mala muerte donde más de una vez he cogido salmonella, con casinos donde me he jugado hasta el reloj y con esos prostíbulos de moda que son todo un bloque con la fachada de restaurante-discoteca-hostal. 

En aquella librería permanecí casi una hora ojeando lo que fuera y mirando el aspecto de mi piel bajo el neón. Empecé a mirar las fotos de las contratapas de algunos escritores conocidos y otros extraños. A algunos, como a mí, les sentaba bien este tipo de luz fosforescente; a otros, se les veía de un color pútrido. Encontré uno de mis libros en una edición de bolsillo, y en mi foto de contratapa, aunque pequeña, se me veía más joven y con el rostro más limpio. Seguramente estaba retocada. 

Me gustó la foto y pensé en enviársela a ella porque probablemente no la tendría. Entonces cogí el libro y lo escondí dentro de mi gabardina. No sé bien por qué lo hice, si tenía dinero suficiente para pagarlo. 

Cuando crucé la puerta de salida, no me esperaba oír el pitido antirrobo, porque estoy acostumbrado a frecuentar librerías de segunda mano, iluminadas por luz blanca de focos ahorradores, donde todo, incluyendo a los vendedores, huele a añejo. En esas librerías no vale la pena usar tal sistema de seguridad, porque sería como inventariar y poner precintos de seguridad al polvo y al pasado ajeno. 

Sentí que me ruborizaba, pero con desparpajo seguí caminando tranquilo y lentamente. 

Afuera el vigilante me detuvo con buenas maneras y palpó con timidez los bultos en mi gabardina. Descubrió mi botella y el libro. Miró la contratapa y me reconoció. Entonces el vigilante, gordo y bajito, me mostró sus dientes disparejos en una amplia sonrisa y me dio un fuerte apretón de manos. Me pidió que le firmara un libro, pero no el que yo había robado, sino uno que él guardaba en el bolsillo, donde el protagonista era un respetado vigilante de banco, exitoso con las mujeres, poderoso e inmortal con su revólver y chaleco antibalas. Dejó que me fuera con el libro, luego volvió a entrar a la librería y le dijo algo a la cajera; ella sonrió e hizo un movimiento con la mano en señal de despedida y de que podía irme sin problemas. Yo les sonreí ligeramente y me limpié el sudor que había dejado el vigilante en mi mano. 

Me fui. 

Ya en la calle y, a través de la ventana de la librería, pude ver al vigilante que volvía a su puesto acariciando su revólver con cara de satisfacción. Le hizo un guiño a la cajera, y ella, indiferente, siguió limándose las uñas y haciendo globos de goma de mascar rosada. 

 

El gato me ha despertado con un arañazo en la cara. Se esconde entre los periódicos y no me da tiempo a vengarme; solo me queda maldecir. Estoy un poco alterado, el último cigarro que me queda está por acabarse. Bebo los restos de Partner que hay en la botella de Concordia. 

Recorto la contratapa con mi fotografía del libro que robé ayer y busco entre mis papeles un pedazo de cartulina que le sirva de fondo. Encuentro una perfecta: color azul neón. Antes de pegar la foto, me doy cuenta de que el chip antirrobo está ahí, justo en el lado opuesto de la contratapa. Imagino que, si ella cargase esta foto en su cartera, el pitido se activaría si en caso fuese a ver algunos libros a Neón. Y ojalá que suceda estando acompañada de su marido: el vigilante la detendría y ella, con miedo, abriría su bolso donde guarda mi foto retocada, en la que se me ve muy bien con ese fondo azul fosforescente. El vigilante se sentiría como un héroe que ha descubierto la traición; el marido, idiota y engañado; ella, la astuta e infiel; la cajera, una mosca en la oreja que echa más leña al fuego; y yo, el guapo entre todos esos personajillos baratos. 

Luego se daría una gran discusión entre ellos, y de fondo, el chillido molesto e interminable de la alarma. 

El sobre me espera con las estampillas puestas, y antes de pegar mi foto sobre la cartulina observó ese chip de seguridad, que no es otra cosa que una calcomanía plateada. La miro con más cuidado: si la muevo, aparecen unas rayitas de colores metálicos; esto me hace recordar esos hologramas que venían como sorpresa en los chocolates de mi infancia. 

Experimento casi la misma desesperación e impaciencia que sentía de chico cuando trataba de encontrar a mis superhéroes en esos hologramas. Puede que en este encuentre el nombre de la librería o las caras de los trabajadores, o quizás hasta mi propia cara.

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