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Lima, 1977

Katya Adaui

Imaginar una geografía

 

 

Todo comenzó con una foto satelital: una ciudad vista desde el espacio, en partes iluminada y en partes con apagones, la ciudad sombreada. 

O de viaje en Órganos, fui de vacaciones a visitar a un primo que tenía un hotel y el Niño Costero varó frente a mis ojos, lo que arrastró a su paso, puerta a puerta, centenares de zapatos, ninguno par. Caminaba sola por la playa, no había más testigos. Les saqué fotos a todos, sin mover ninguno, sin modificar nada.   

O al oler y calzarme disfraces de segunda mano.

O al ser picada por decenas de zancudos una noche de mis siete años.

O cuando me asomé a un acantilado y mi madre y mi tía me contaron que vieron cómo un padre y su hijo que estaban pescando resbalaron de la roca al mar.  

O al soltarnos mi hermana y yo de la mano de nuestro padre al taparnos la ola. Teníamos cuatro y tres años y no sabíamos nadar. La ola me revolcaba, abrí los ojos, vi peces transparentes, puntos de arena y, en vez de sentir miedo, sentí mucha paz. Salí a metros de mis padres, me perdí y no lloraba. Contenta de que eso me hubiera pasado. Quería contárselos tal cual. Y no encontré lenguaje para la emoción de estar viva. 

O la primera película que vi en el cine, Blancanieves, ¿y cuál es el veneno de la manzana envenenada que solo te duerme y no te mata?

O cuando leí a Primo Levi y entendí el significado de testimonio. 

O el último verano con mi padre en el Silencio, era un gran nadador, cayó de rodillas, las olas más pequeñas e inútiles lo tumbaron, no podía levantarse y así supe que moriría pronto, ese mismo año. 

O al chocarme con este titular en el periódico: Papá Noel enterró a sus hijos en el jardín.

 

¿En qué momento se descorcha la idea de un libro? 

En primer lugar, yo lo deseaba. 

Sabía que deseaba mucho escribir un libro sobre padres. Y no nado contracorriente, no lucho: si el concepto viene a mí y me es afín, lo abrazo, no lo dejo ir, nadie lo escribirá por mí, yo debo hacerlo. 

Recupero imágenes de mis cuadernos, anotaciones que hice, palabras favoritas que quiero usar, dibujos, garabatos. Son los fermentos y también el miedo al olvido. Y al mismo tiempo: para olvidar debo escribirlo. 

Retraso la escritura, pierdo mucho el tiempo. Así como un niño tarda en hablar, pero una vez que comienza hablará para siempre, una vez sumergida ya no podré parar y eso lo tomará todo: mi pensamiento y las horas.

Entonces son dos fases claras: dar vueltas y remolonear, y luego obsesionarme y trabajar de corrido. Confío en que una oración remolcará a otra y a otra.

 En el escritorio me rodeo de autoras y autores que quiero para que vengan en mi auxilio. No me traba la página en blanco, ya he comenzado, sino una sola palabra, la más buscada y, por tanto, la más esquiva. Abro una página al azar y tomo esa primera palabra que vi. Como en jardinería: injertar. A veces escribo cuentos solo para rodear esa palabra o una frase que se me quedó haciendo ecos. 

Arremolinar es una palabra preciosa. 

No soy topográfica, no voy gugleando. Trato de recordar todo lo que sí sé alrededor de una cosa, lo sumo a todo lo que ignoro, y lo aplico de manera asociativa. 

También ayuda el cine, imagino a mis protagonistas con cámaras frontales, deben iluminar lo que ven, yo no sé, ellos saben, y me van dando caminos y pistas, ven por aquí. En esa mirada tan caprichosa, hay recorte, hay edición. En la vida no soy una buena escucha, hablo demasiado. Cuando escribo hago un silencio tremendo, me callo por fin y si puedo avanzar a ciegas, es porque el silencio tiende puentes sobre el agua y se llaman elipsis.

Yo veo la escritura o mi escritura como acuática o anfibia. El Pacífico es mi paisaje original. Lima huele a mar. Lima es humedad que tiñe de hongos el techo de tu habitación. Aunque vivas dándole la espalda, la conciencia de una costa tan vasta como tu ciudad te da una idea de infinito, sobre todo en la infancia. Y yo he nadado ese mar, me han rescatado los salvavidas, sacaron a mi familia completa, y he rescatado también, he tragado esa agua, la he remado, la he buceado, he pegado el pecho al fondo de arena y he huido de una tortuga (la espalda fosilizada) que flotó mirándome fijo a los ojos. 

El agua vuelve, una y otra vez, casi en todos los cuentos, en todas sus formas. La puntuación son las piedras de ese cauce, si muevo una piedra, todo cambia: el curso de la historia, el sentido, una manera de hablar, un punto de vista. Me vuelve loca jugar a mover las piedras, me da mucha curiosidad y mucho vértigo que el lenguaje trepide, que se vuelva arrebato. 

A la vez, como trazadas por brazos imposibles, larguísimos, me siento lejos de lo que narro, estoy en terreno seguro, preservándome. La ola no me sobrepasa, no me ahoga, yo estoy viva, quiero seguir viva, soy adulta. Escribo.

 En mi lugar de trabajo es muy importante tener algo de miedo, algo de sed, algo de temblor, algo de desorientación, estar un poco incómoda, nada de lo que escribiré me será fácil. 

Antes la tenía en papel, ahora me sé de memoria esta frase de Ovidio y la repito: Sé valiente y fuerte, algún día este dolor te será útil. 

 

Para escribir los cuentos de Geografía de la oscuridad, inventé a cada padre y a cada uno un problema. 

Toda geografía surge de una erosión paciente y vinculante; cada movimiento afecta al entorno, modifica el hábitat. Y la mirada que provenga de esa devastación y de ese renacimiento no puede ser inocente o ingenua.  

Creo que la escritura no puede ser más simple que la vida, deben ir equiparadas.

A medida que iban surgiendo, las hijas y los hijos pedían hablar. Hacer sus propias preguntas y ensayar sus propias respuestas. 

¿Cómo se armaron de palabras? Sigue siendo misterioso para mí. Esa zona me permanece velada. 

Renombrar, atenazar un lenguaje propio, tal vez, lo que los hijos sin hijos expulsamos al mundo como herencia.

Chueca

(En Anfibia, 2019)

 

He nacido chueca. 

Chueca significa hueso, bolita, parte de un tronco, juego. Eso dice la RAE.

No en mi caso. 

 

Tengo la columna desviada.

El cuello con un disco de titanio.

El pie izquierdo algo torcido.

Y la vida y el amor también.

 

Quiero decir. Vivo sin terminar de encajar, entre un desfase y otro. He aceptado esta condición de existencia. Provengo de un país telúrico. 

El cuerpo sísmico. Yo, limeña, he devenido temblor.

Cuando tenía treinta y tres años y mi padre acababa de morir, falló mi cuello. En la zona misma donde se enredan pensamiento y propulsión. 

Estaba en la oficina y un hincón me inclinó hacia adelante. Como si me hubieran empujado. Caí al piso. Ardor en la nuca, de cuchillazo o jabalina. Un dolor irradiado a hormigueo en brazos y dedos. Un pellizco largo. Una confusión oblicua. Venía tratándome una tortícolis. Algo se había salido de lugar, pero qué. Perdí el giro, la motricidad. Me roboticé. Cada pisada, un caminar sobre musgo. Nadie conoce el peso de su cabeza, hasta que se le desploma. Salí del trabajo sosteniéndola con un lapicero. 

La hormiga es el animal con la cabeza más grande en proporción a su cuerpo. Y sostiene hojas que la duplican en tamaño, una carga voluntariosa. ¿Cuánto pesa mi cabeza adulta?

Durante esa hora en el tubo encerrado y ruidoso, con la cara pegada a la pared, los ojos apretados, pensé sin tragedia que había heredado la enfermedad de mi padre. 

Una hernia de núcleo pulposo en la quinta vértebra cervical. El veredicto de la resonancia. 

No te quites el collarín. 

Un desplazamiento me impedía articular.  

El neurocirujano dijo que debía operarme cuanto antes. Pedí una segunda opinión. 

Evité internarme. Dijo en voz muy alta y sin compasión: Volverás pronto. Tu dolor es crónico. Solo queda operar. No puedo garantizarte el mismo precio que te doy ahora.

Durante dos meses, que se me tocara para aliviar. Una postergación de silencio sísmico. Masajes intramusculares. Rehabilitación. El intento elastizado. Y el descubrimiento de un músculo hondo: el psoas. 

El cuerpo no tranzó. Adelantó una parálisis. Una proyección tentadora: de niña imaginaba que me atropellaban y que podía dedicarme a leer y a escribir sin tener que servir para otra cosa. La vieja fantasía me asustó y se fue. Los estremecimientos de la hernia son cíclicos. Temblores y hormigueos y una rabia. En ola imparable.

Llegó la cotización. El precio del titanio se altera cada día y no puedes introducir una placa de afuera. La tengo que comprar yo. El neurocirujano, al parecer, también agente de bolsa, me regateaba las variaciones.

El privilegio de contar con un seguro particular de salud a través de mi trabajo. Pero no cubría ese costo y tampoco la cuota del doctor y de sus enfermeras. Recomponerme y funcionar, un impagable. Había un procedimiento más barato: arrancarme un pedazo de cadera. Con mi escoliosis lumbar, si algo debo preservar, además del cuello, es la longevidad de la cadera.    

Estuve siete horas en el búnker de granito. 

La noche en cuidados intermedios rogué por más anestesia. Me pedían que orinase. Corrían el inodoro. Nada. No pude memorizar este dolor. La sensación de estar suspendida. La escisión tremenda. Rota y pegada. Un dolor sin lágrimas. El derecho al llanto. Llorar, como orinar, lo insoportable. Me operaron por debajo de la barbilla, entubada, empujando la tráquea hacia un costado. Quince días con Tramal, en un estado de vigilia como por fuera de mí. Como si mi vida le pasara a otra. Casi sin dormir.

Al cuarto día me hicieron caminar. Avanza. Avanza. Que el cuerpo produjera de nuevo. Me desmayé.  

Reaprender a tragar. A comer sólidos. A voltear la cabeza sola sin girar con las piernas.   

No tuve un accidente, pero postración.

Una placa apenas más grande que la uña de un pulgar. Es el sustituto irreemplazable del disco herniado. Un temblor sacude las placas tectónicas que buscan asentarse. Esta placa de titanio no debe desplazarse jamás y; sin embargo, me ha devuelto el movimiento.  

No es un transplante, pero es un injerto. Artificio. Y no resuena al pasar el control de seguridad en los aeropuertos, es un trámite sin estruendo, sin escándalo. 

Una cicatriz apenas visible en la desnudez del cuello. 

Nadé todo un año. La evolución silenciosa. De la lastimadura y el arrastre a la energía espléndida. Mis brazos rasparon el agua y el cuello reencontró su morfología y su despliegue. 

En ese trayecto a recuperar, lloré en el agua empozada con los lentes empañados. La piscina es una placenta con mierda, sangre y lágrimas. El cloro disipa todo, es el líquido aislante. Acepté la traición del cuerpo y la que yo me había causado. Me despedí de las locuras de mi madre, de las violencias cotidianas de mi padre, como si el cuello restaurado –los nervios descomprimidos–, diera cabida a una cabeza también nueva, destorturada, me autorizase la acogida de todas las chuequeces. 

Convivo con un pie izquierdo que se eleva hundiéndose y se corrige en el aire para pisar recto, con una columna que insiste en curvarse a la derecha como la rama cansada de un árbol, con un cuello biónico y la titánica vida desviada. 

No golpearme la cabeza, jamás. En eso obedezco.

¿Cómo llamarlo?

(En El País, 2021)

 

Rumia el lenguaje el adentro de las cosas, su relieve, decimos precipicio y la montaña surge, decimos lluvia y el recuerdo se empapa y abomba, decimos cemento, palafito, techo de paja, calamina y plástico azul, decimos casa, decimos río subterráneo, río hirviente, y el sonido pedregoso de una infancia y el eco de una voz o su rugido, decimos sal y el mar se ancla, mapa, mercado, cantuta, lapa, colibrí, decimos necrópolis, temblor, altar de camino, huayco, gallinazo, oxígeno, agua, drenaje, decimos carajo, ay, ceibo, molle, algarrobo, quina, decimos tajo, juane, la sombra al mediodía, la noche, hierba luisa, hierba mala, hierba buena, el cielo que atardece, el azul de la mañana, lianas, cordillera, acantilado, decimos la wawa y la abuela, afluente y zumbido, albornoz, estanque, apagón, desaguadero, colapiz, rumor, matriz, ronroneo, raspadilla, culantro, decimos ya, esquina izquierda baja, puente, zapateo, piel de gallina, pitufeo, arena, ronsoco, colmena, tamarindo, agachaditos, palta, aquí, otorongo, me da mala espina, conchudo, sinvergüenza, caramanduca, humita, sangrecita, zorrito run run, turrón, cau cau, chongazo, pierna con encuentro, choritos, colorete, ruda macho, chancar, truza, ají, oe, gua, decimos causa, piña, pucho, carambola, templado, tabas, ojota, chancla, sayonara, lapicero, caserita, dicen cerro y muro, dicen pobladores, vecinos, invasor y habitantes, decimos trocha, achiote, frazada, chompa, buzo, polo, capucha, canchita, repujado, limón, filigrana, encomienda, pepián, romería, pe, caña, totora, remesa, mototaxi, patasca, llantería, cóndor, pucará, agua florida, colonial, tingote, comparsa, suavecito, chapla, rachi, cleta, decimos vine para quedarme, no puedo vivir sin ti, ayuda a tu hermanito, no te pases, estás de amanecida, le reventó cuetes, qué tal raza, tallarín verde, frejol colado, maíz morado, kión, concolón, trampolín, cañón, resbaladera, bacilón, fu man chu, huasca, cuy, ola, viento, cachema, majarisco, mirasol, graneado, carnaval, canicas, decimos sigue de frente, qué tal vaina, manda fruta, ya me voy para mi casa, muy lejos de donde yo vivo, ojo pare cruce tren, tingote, palillo, titubeo, yan ken po, tráeme algo de la azotea, préndeme la vela, no me provoca, hay colores, mire sin compromiso, ¿qué está buscando, joven?, decimos, rumia el lenguaje el adentro, de las cosas, su contorno, el lenguaje se orilla, aletea, se encamina, remorea, se aquieta y recupera, se marchita y desbroza, atiza, otra vez, relampaguea, avasallante, compañero, hubo una tarde en la que todo pareció posible, nos entendimos y la vida salva y el instante largo, ven a cualquier hora, yo te pido, sé lo que se escapa, lo que esconden los niños en sus puños, ¿en qué mano está?, y cuando los abren no hay más nada, han dejado oculta la piedra tras la espalda, decimos este es mi país porque conozco los nombres de sus muertos, ayer hablé con el guardián del cementerio para que cuide tu tumba, decimos ponte el alma, decimos hay días en los que no tengo ganas de ponerme los ojos, cómo llamarlo, pero cómo llamarlo, una perplejidad, una resistencia, un olvido, un reconocimiento, una trampa, no hay palabras, decimos, para asir tanto, pero hay palabras, hay ladrillos, hay semillas, cuculíes, regodeos, croquis, el tiempo sin tiempo de la espera, hay belleza, alboroto, arcoíris, quisiéramos decir siempre y nunca, allá y acullá, flor de retama, amarillito amarillando, el lenguaje no es el enemigo y nos rearma, decir despierten de una buena vez o no se duerman, se toca y no se mira, pase y vea, tu cuerpo es mi templo, mi casa es tu casa, dijiste, yo me acuerdo, dijiste ven y fui, dijiste escucha, presta atención, estas cosas se dicen una sola vez en voz alta, rocío del lugar al que no has vuelto, altar, susurro, remolino, raíz, carcajada, ardor, leyenda, sacrilegio, el calco de una pisada en la ceniza, cocada, tono, catarata, la cumbre soleada, sedimento, cal, monte, sillar, turquesa, cacao, bocanada, dijimos, cómo se te ocurrió siquiera pensarlo, hacer eso, decir eso, ahora sí te fregaste, ausencia, fisura, chispazo, caramba, si alguien te mide la fiebre con su palma en los cachetes, la frente, la panza, y te dice no, es solo una calentura felizmente, ya se te va a pasar, termínate todo el plato para que te sientas bien, en la mesa no se deja nada, sabemos, rumia el amor el lenguaje de las cosas, las inventa, las repara, pero también se puede callar, elegir una mudez sonora, el silencio sacude o desbarata, fosiliza o calatea o, pero siempre, siempre, casi siempre, alguien tiene la última palabra y cuál es y a quién abraza y qué se abrasa. 

La casa siempre gana

(Relato con motivo del “Festival Benengeli 2022. Semana internacional de las letras en español”)

 

Cambió el dinero en la caja, unos cincuenta dólares, recibimos las fichas en envases blancos, de plástico, como los del chifa cuando pides sopa wantan para llevar. 

Frente a las tragamonedas:

Escoge.

Esta.

Introdujo un envase en la palanca:

La marcas y todos ya saben que es tuya.

Se detuvo frente a otras tres. Y a las tres les clavó el baldecito en la palanca. 

¿No vamos a jugar solo con una?

No. Hay que repartir la suerte.

Su método: el bloqueo. Al bloquear la suerte para ella, bloqueaba también la suerte de los demás. El pasadizo, cubierto con una alfombra roja de iglesia o de funeral, su cuadra premiada. Convocó a la buena fortuna con una combinación de rezo, hechizo y profecía. Les habló, como a viejas amistades, cargada de resentimiento:

Esta vez no me pueden fallar.

Y como a personas con las que se tiene cierta intimidad, les sobaba las panzas: 

Hoy nos tienen que dar todo. Todo.

Muchacha que pasaba, algo le pedía:

Flaquita linda, ¿nos dejas otra bandejita?

Una procesión ilimitada de tallarines, cerveza, cigarros, platos de plástico con salsas de colores, sin ser tocados, bajo las luces coloridas y las figuritas triplicadas de palmeras. Nosotras en la noche del casino, como en una vacación todo incluido.

Acepta, decía mi madre. Es gratis. Amontonaba para después, aunque se atiborrase. Acumulaba por si acaso. En las fiestas, envolver pastelitos y esconderlos en la cartera. En los restaurantes, tomar una ruma de servilletas y agolparlas en el sostén o en las mangas. Hurtos al vuelo. Ceniceros y floreros con logos, ¿de dónde salieron?, me los regalaron, a ti qué te importa, todo el mundo me regala cosas. 

 

Durante el viaje que hicimos a Estados Unidos, se paseó por las góndolas del supermercado y fue guardando, uno a uno, los objetos disímiles que codiciaba: un perfume, un lápiz de labio, una toalla, una vasija. 

La observaba de lejos. Y aprendía de la mejor. 

Yo estaba robando golosinas cuando la detuvieron. Las dos encargadas de seguridad: La esperas acá. Y cerraron la puerta. 

La vi ser interrogada a través de una ventanita rectangular. Retiraban las cosas, una a una, de su elegante bolso azul. Ella las veía estupefacta y negaba con la cabeza como si le estuvieran mostrando armamento. Ahora le pedían los comprobantes de pago. Se palpó los bolsillos, buscó en los separadores de su billetera. No evadía las miradas, los ojos de cervatillo encandilado por faros neblineros. 

Me vio, me hizo muecas y rompió a llorar. Atroces y torturadas. Cualquiera hubiera dicho que le arranchaban las uñas. Gritó apuntándome. Prometía que nunca, nunca, nunca jamás volvería a robar nada, lo juraba por su hija, mi tesoro, ¿qué culpa tiene ella?, por favor, no me deporten, no sean así, ¡se los imploro! 

Desde la ventanita suspiré y me dejé arrastrar. Mi Sophia Loren. Mi Elizabeth Taylor. Mi Catherine Deneuve. Mi Gena Rowlands. Mi Ivonne De Carlo. 

Déjenla ir. Le creí todo.

 

Las alimentó, les rogó, festejó cada timbrazo, fumó en trance. Su cara, la de tener el boleto del pozo de la lotería, a punto de ser anunciado. A punto. 

¡Ganamos, ganamos!, bailaba, una niña desquitándose en su revancha.

Muchas veces bajamos juntas la palanca, su mano sobre la mía, casi igual de larga, los puños bien cerrados, abracadabras, profecías, bendiciones. Las imágenes calzaban una junto a otra, haciéndose esperar –las palmeras cocoteras y las cerezas, sobre todo– y el timbre de las monedas titilaba y brotaban como lava. 

¿Puedo usarla?, le preguntó una señora.

Es mía, rugió.

¡Pero si no está jugando! Y está prohibido separar.

Fingió no escucharla. Le dio la espalda y siguió fumando, los rulos rubios al vaivén: 

¿Me das más cigarros? Dos más, no seas malita. Mira, Susy, ella es mi hija, la menor.

Señora, soy Paula.

¡Paulita!

Yo sentía que competíamos por pasajes al Caribe, nos recibirían con cadenetas de flores fucsias y blanquiazules, Vírgenes Coladas, nos exhibirían como diosas a las faldas de un volcán.   

Ganamos, hijita, ganamos. ¡Qué te dije! Hoy es mi día.

La vi moverse, dueña, diosa, esotérica, sobaba las panzas de las máquinas, las seguía seduciendo entremezclando insultos, golpecitos y frases animistas. El pasillo con la alfombra roja, su pasarela. Se agachaba para ver su reflejo en la pátina negra y, en las pupilas, el brillo de la buena suerte y la conquista, sacaba su lápiz rojo, repasaba sus labios y lanzaba un beso que era a la vez para el dinero y para ella. Una madame.  

El tintineo fue desapareciendo; los baldes, vaciándose. El fogonazo del timbre se espaciaba y la alegría de mi madre se diluía, como el maquillaje en el llanto. 

¿Por qué? ¿Por qué?, se lamentaba. El bajón, igual de eufórico, desfile ida y vuelta a través de la alfombra, les renegaba a las máquinas por no entregar más, por no acceder, ¡ustedes son de lo peor!, autoritaria, como a un batallón desobediente. 

Sin apaciguarse con nada, se volteó hacia mí:

Dame plata, tú tienes.

No tengo.

Te di medio balde.

Se acabó.

Mi madre, ademanes mafiosos. Tampoco me sorprendía.

¿En qué lo gastaste?

En lo mismo que tú.

¿Cómo así?

Se llaman tragamonedas, mamá. 

Basta. Ven. Acompáñame.

¿A dónde?

Adelante, tú ven.

La seguí entre copiosas enredaderas de plástico, vides que caían del techo recreando la fantasía de pérgolas romanas, y absortos jugadores de póker, Black Jack y ruleta. La misma mirada compulsiva y roja. Ojos de conejo albino. Las mozas seguían repartiendo embutidos, tallarines, cigarros, cerveza. Nadie quedaba desatendido. Su presencia está subrayada. Sonrisas, bebida, alimento, colmar, demostrar que cualquiera puede entrar, pero que el deleite es exclusivo, que alcanza para todos, que sobra, pero nada es añoso, todo es de hoy para hoy. Aliviar el desasosiego, impedir la frugalidad, acompañar en las buenas y en las malas, compensar la tacañería premeditada del casino con el festín de la abundancia, si no chirrían los bolsillos, al menos el placer va de la boca para adentro. Campanillas y recompensa: dinero en efectivo, sorteo del 0 kilómetros y pasajes a un mar turquesa y cristalino. Auto, barco, avión, catamarán. Sentir en carne propia la literalidad de ser transportado a otro mundo. O comida, bebida y cigarros ilimitados como premio consuelo y desquite. Serás eclipsado por un sinsabor con sabor. La vida no es así, cuando te quita, solo te quita. 

Retomamos nuestros pasos hacia la entrada, comparte recepción con el hotel. 

Nos vamos, qué bueno, dije con alivio.

¿Cómo que nos vamos? No. Mi madre se instaló frente a un cajero automático. Otra vez, las múltiples trampas que, por obvias, no menos trampas. Como los aeropuertos y sus duty free, como el animal más visitado del zoológico cuya vitrina colinda con la tienda de peluches, banderas y tazas, esta recepción enlazada con el casino y, a la vez, con el cajero, por si ya agotaste el efectivo en rachas de mala suerte.

Sacó su tarjeta y la introdujo. A lo lejos, las mesas, las manos, las bocas, los dientes, las sonrisas, una alegría sostenida y derrochadora, tenía tanto de cierta como de falsa. 

¿Qué haces?, vámonos. El último recurso, por si pescaba la ironía: ¿Sabías que en otros países a las tragamonedas se les llama mataperras, mamá?

¿¿¿Y???

Ellos nos ponen el taxi, dijiste.

Sí, cuando ganas.

Extrajo un billete de veinte dólares. Sigamos un ratito más.

Me voy.

No te puedes ir, me siento mal, creo que voy a vomitar. Se recostó contra el cajero. Por favor.  

La dejé hablando sola. 

Corrí unas cuadras, en esa época ya no entrenaba, pero todavía corría, si me provocaba, corría, conté las monedas que tenía en el bolsillo, detuve un taxi, regateé. Entre la inseguridad del azar y yo, su apuesta segura, había sabido qué elegiría. 

La casa siempre gana. No la nuestra.

Las manos al fuego

(Publicado en Latin American Literature Today)

 

Marina Colasanti, legendaria autora brasileña, fue a partir de 1967 la editora de Clarice en el Journal du Brasil. Nos conocimos en Quito durante una feria del libro y le pregunté si Clarice se dejaba editar. Nooo, dijo, pero yo tampoco lo hubiera intentado. 

Me contó del miedo tremendo a que se perdieran sus originales. No hacía copias. No lograba utilizar papel carbón, dijo, sus manos no tenían esa habilidad, eran épocas de máquinas de escribir. Siempre me decía: Cuidado con mis textos. Porque el carbón se frunce y yo debía responderle: Tranquila, y copiábamos de inmediato, además, sabes que hay una casilla en el diario tan solo para tus textos. 

 

En ese dormirse nefasto en su cama, con el cigarro encendido, cuando se despierta dentro del humo y todo se está incendiando, Clarice quema sus manos intentando apagar el fuego que ya alcanzaba sus anotaciones en papelitos. Había tomado somníferos, por eso tardó en despertar. 

Le arrancan piel de las piernas. Las manos reciben injertos de las piernas. Injertos: tanto cicatriz como herida. 

Las manos que tipeaban misterios sobre la falda, que enviaban cartas, que evadían preguntas, que se turnaban para mimar a dos niños, que lucía orgullosa en retratos, no eran hábiles para calcar o preservar los papeles de un accidente doméstico. 

Por habilidad entendemos algo que se hace bien y que se hace fácil. 

Marina dijo que le daba tristeza que Clarice nunca hubiera sido dichosa. Había un peso, una imposibilidad, sufría al escribir y sufría cuando no lograba escribir. Llamaba por teléfono tarde por la noche a los amigos: No logro escribir, ay. 

Le recuerdo a Marina que Clarice decía: si no escribo, estoy muerta. 

Sí, dijo ella, pero si escribo: qué lástima, qué peso. Una cierta capacidad de vivir, concluye, Clarice nunca la tuvo. 

 

Años antes del encuentro con Marina, le pregunté a Hebe Uhart qué pensaba de esta frase de Clarice y ella golpeó la mesa. Una mesa con horror al vacío. Plagada de posavasos, ceniceros e individuales que saltaron a la vez y se quedaron un instante en el aire. 

Te lo voy a decir, dijo, me parece impúdico. A lo mejor es cierto, no lo sé, pero me parece impúdico decirlo. Las manos, pequeñas, pecosas, vivarachas, todavía temblaban. Como si toda mi fuerza, mi energía estuviera puesta en eso, y a lo mejor uno es capaz de hacer otras cosas. Por ejemplo, si estuviera dedicada a una ayuda social, algo tan absorbente como la vida de los otros o estudiando a los chimpancés… ¿No tuviste en la adolescencia múltiples vocaciones? A mí me gustaba el salto largo, la paleta, la pelota, jugar vóley, se me iba el alma a la hora de la siesta buscando gente para el vóley. 

 

Virginia Woolf, como Clarice, necesitaba escribir todos los días. Si no, la abstinencia ansiosa se transformaba en amargura, malhumor. Adoraba la lenta marcha de la tarde hacia la noche, entre las seis y las diez, concentrada junto al fuego de la chimenea. Leyendo. Anotaba en su diario cuando ella y Leonard debían recoger leña con sus propias manos. Odiaba verse interrumpida por visitas no anunciadas. No podía creer que hubiera gente tan maleducada tocando la puerta a cualquier hora, en vez de avisarse por la mañana con un llamado. La única irrupción que celebraba: la del cartero. Aunque llegara con libros que debía reseñar de inmediato. 

 

Clarice, comparada tantas veces con Virginia, no le perdonaba que se hubiera suicidado. 

Escribe en papelitos que reparte por el escritorio de su habitación. La escritura salpicada, conoce su técnica, solo en fragmentos, solo en collage. Pide que nadie los toque, que no los ordenen, ella les encontrará un sentido apenas pueda. Junta para después. Acumula. 

En algún momento irán a quemarse.

Ella pondrá las manos al fuego para salvarlos. Un acto suicida. Y un acto de amor. 

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